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  • Adoradores por toda la vida

    jueves 3 de diciembre de 2009



    La meta de cualquier experiencia educativa para adultos es crear un apetito por un aprendizaje para toda la vida. La clase es finita. También lo es el programa para alcanzar un título. Hay un principio y un punto de conclusión. Sin embargo, lograr maestría en cualquier materia requiere toda una vida de aplicación e internalización. Un verdadero estudiante es capaz de completar un título y luego continuar aprendiendo, tal vez informalmente, o en el trabajo, al leer, analizar y contribuir de modo creativo en su campo. Siempre hay más que experimentar.
    Así como el estudiante se gradúa de aprendiz para toda la vida, los creyentes podemos graduarnos en la categoría de llegar a ser adoradores por toda la vida. ¡Fijemos eso como objetivo!
    Cualquiera que se compromete a una búsqueda de Dios para toda su vida, por la vía de la adoración, es un discípulo en el sentido clásico de la Palabra; un adorador que continuará en la Palabra, con la intención de hacer lo que ella dice.
    Esta clase de discípulo adorador conectará la sinceridad con la continuidad, para tomar con firmeza la iniciativa. No se dejará persuadir por la emoción, los trucos, o el encanto, sino que siempre estará regidos por el amor de Cristo «que no me dejará escapar». Pueden adorar cuando llueve, cuando el piano está desafinado, o cuando están alicaídos.
    Como verá, están decididos, con celo, a seguir a Cristo a pesar de las circunstancias. Crecen al punto de dar prioridad a Cristo en su vida, como observa el editor Kent R. Wilson: «La adoración no es simplemente un culto al cual asisto. Es una vida en sí misma vivida delante de Dios».
    La adoración mejora la vida.
    Claramente, la adoración es un hábito piadoso, que no sólo glorifica a Dios de una manera digna, sino que también nutre un futuro mejor. Pese a la crisis, el adorador tiene alivio. Pese a la tormenta, el adorador tiene una balsa. Pese al desencanto, el adorador tiene un redentor.
    Es más, la adoración como estilo de vida, tanto semanalmente en el acto como diariamente en el proceso, permite al creyente tener comunión «isométrica» con el Señor. Flexionamos; relajamos. Ese flujo continuo nos permite hablar con Dios tanto como escucharlo y obedecerlo.
    En resumen, la adoración nos permite canjear el estrés por el gozo, la ansiedad por el contentamiento, y el dolor de la derrota por la promesa de la victoria final.